“El parque municipal de viviendas saca del desamparo a sus primeros 20 inquilinos en Valladolid”

  • El Ayuntamiento cerrará el mandato con una red de más de cien pisos con alquileres reducidos. Reportaje de El Norte de Castilla

La red se ha tejido con discreción, sin el bombo de esos proyectos llamativos que suelen encandilar a la clase política y seducir al votante medio. Este responde, cien por cien, al espíritu de lo que algunos, que ahora gastan lujosos chalés de más de 600.000 euros, han defendido como el necesario «rescate ciudadano».

El Ayuntamiento de Valladolid ha adjudicado las primeras veinte viviendas de su nuevo parque de alquiler social: 58 pisos adquiridos por 3,1 millones de euros –siete de ellos para situaciones de máxima emergencia–, destinados a las personas en situación vulnerable. Desde hace cerca de dos meses, los seleccionados disfrutan de un hogar tras la apuesta del equipo de gobierno y del titular de la cartera de Urbanismo, Manuel Saravia, por respaldar a los vecinos en un derecho básico.

De 30 a 200 euros como máximo es la renta que estos inquilinos abonan por las viviendas, dependiendo de sus ingresos. La Sociedad Municipal de Suelo y Vivienda (VIVA) ha recibido 190 solicitudes de vecinos –algunos de los seleccionados han rechazado a posteriori la ayuda– y mantiene en reserva otras 140. Su trabajo en los últimos meses ha sido intenso. Primero con el proceso de compra y reforma de las casas, repartidas por toda la ciudad, especialmente en barrios humildes, y más tarde con un minucioso trámite de selección, que aún sigue vivo.

Casi el 50% de los solicitantes son unidades familiares de uno y dos miembros, otro 20% son familias monoparentales y el resto, numerosas. En todos los casos, la situación económica es de máxima precariedad, de desempleo o con salarios que hacen imposible acceder al mercado libre. El Ayuntamiento aprobará la próxima semana una nueva partida de tres millones para adquirir otro paquete inmobiliario, lo que elevará el parque público por encima del centenar de viviendas antes de que concluya el presente mandato.

«Fui repudiada por los míos y entré de patada a un piso; ahora estoy feliz»

Lidia es una gitana valiente. Y, ahora, feliz. Tras cuatro años de martirio, vuelve a sonreír. Ha logrado trabajo fijo como asistente de ayuda a domicilio (640 euros al mes), ha rehecho su vida sentimental con un «hombre bueno» que la cuida, después muchos años de maltrato por parte del que fuera su marido, y está volviendo a tejer lazos, aún débiles, con su familia, que la repudió por decir basta a un esposo violento, según relata. Recuerda esta mujer de 42 años que cuando entró en el piso del Paseo del Cauce adjudicado por el Consistorio se arrodilló para dar las gracias. «Mis amigas me dicen que me ha cambiado la cara, que soy otra», presume orgullosa.

Atrás quedan los tiempos de sufrimiento y soledad. Y es que cuando una gitana desafía las leyes y costumbres de su pueblo cae en el ostracismo. «Me vi en la calle, sin los míos, sin trabajo, eso es muy duro», explica con rostro serio, dolida. La ayuda del Secretariado Gitano – «Chari son mis pies y mis manos»– y sus arrestos le han permitido superar una triste etapa que comienza a difuminarse en su cabeza, pero que rememora como terapia para nunca más regresar a ella. «Tuve que entrar de patada a un piso vacío en la calle Caamaño, no me quedaba otra», recuerda. Fue entonces cuando se encontró con su primer ángel de la guarda. Se llama Moisés y era el propietario de la vivienda. «Te das cuenta de que en el mundo hay gente muy buena, le expliqué mi situación y me dejó quedarme, incluso le ofrecí pagarle algo, pero no me lo aceptó», relata. Aquella tregua ayudó al rearme personal, aunque para lavarse tuviera que calentar el agua en un microondas porque solo pudo dar de alta el agua y la luz.

Ahora Lidia paga un alquiler al Ayuntamiento de 188 euros al mes más 35 euros de comunidad. Con su bajo salario hace piruetas para llegar a fin de mes y acepta la ayuda de Cruz Roja para llenar la despensa, pero aun así está pletórica con su casa, su trabajo y con un hondureño que le ha devuelto la autoestima y las ganas de vivir. «Mi historia le puede servir a la gente y a otras mujeres gitanas para darse cuenta de que de todo se sale, que lo último que se debe perder es la esperanza», subraya Lidia, para quien la amarra que le ha echado VIVA ha sido un salvavidas que no podrá agradecer lo suficiente.

Poco a poco, esta mujer está tomando posesión de su nuevo hogar. Ya está pensando en comprar un sofá chulo, «aunque sea de Reto», mientras pone a su gusto la decoración. Su idea es levantar el vuelo de forma autónoma en cuanto pueda, pero esta ayuda desde lo público ha sido un respaldo fundamental para reponerse de las lesiones que la vida le ha provocado.

«Hemos vivido más de dos años en una nave abandonada, sin agua y sin luz; esto es un palacio»

Isabel y Altino viven en un «palacio» en el corazón del barrio de Pajarillos. Hace apenas un mes y medio cambiaron un «chabolo» levantado en el interior de una nave industrial abandonada en la avenida de Burgos por su nuevo piso. «¿Tú sabes lo que es poderte duchar en un baño, calentar la comida en una cocina y poder dormir en una cama? Para nosotros esto es la lotería», agradece Isabel, quien aún tiene frescos los duros recuerdos de la indigencia cuando él, clavado de rodillas en la calle Santiago, pedía limosna. «Amigos sin derecho a roce», matiza ella con firmeza y con una sonrisa pícara, ambos han sufrido con virulencia las zancadillas que pone la vida. La mujer, mallorquina de nacimiento, padece un discapacidad visual del 89% por una atrofia corneoretiniana. Él, portugués y pastor en paro, ha sido sometido a dos complicadísimas operaciones por una perforación de pulmón y un cáncer de garganta. Fue ese duro revés en la salud el que le sacó de un oficio que le llevó a guiar rebaños en Medina de Rioseco, Palencia y Segovia. Entonces, con una vida humilde, pero digna, nada le hacía presagiar a este ciudadano luso que llegaría a tocar el infierno del desamparo absoluto.

Compartieron su desgracia hace ya algunos años y esa solidaridad mutua les ha ayudado a salir del pozo juntos. Ni en sus mejores sueños hubieran podido pensar que con los 369 euros de la pensión de ella podrían acceder a un hogar. «Ahora pagamos 30 euros de alquiler, 15 de comunidad y los gastos de luz, agua…», enumeran.

Esta oportunidad no la olvidarán nunca. «El dueño de la nave nos dio tres días para desalojar, nos iba a echar como a perros; gracias al Ayuntamiento y al personal de VIVA, que nos ha ayudado tanto, hemos recuperado la esperanza», explican. Fue la asistente social del barrio de La Victoria la que les marcó el camino del renacer. «Nos habló de estos pisos, lo solicitamos y nos los concedieron, se han portado no de diez, sino de veinte con nosotros», recalca la mujer.

Por el momento, han firmado un año de contrato prorrogable a otros dos. Con un techo bajo el que cobijarse, la vida se afronta con otro espíritu. Altino espera poder recuperarse y encontrar un trabajo que le permita cotizar unos años más para lograr un pensión e Isabel, simpática y habladora, advierte de que, abandonada la senda del infortunio, no está dispuesta a volver a ella. «Me quitaré de comer o de lo que sea, pero el alquiler lo pagamos como está mandado; la vida en la calle es muy dura, hemos sufrido mucho y yo no quiero volver ahí», insiste.

A su nueva situación solo le ponen un pero. La entrada en el programa de viviendas blancas de VIVA les obligó a deshacerse de un mastín que les guardaba en aquella tenebrosa fábrica sin actividad. «Espero y deseo que ninguna persona en el mundo pase por lo que nosotros hemos pasado», reitera ella.

Esta pareja de amigos ya no tienen que ir con un cubo a por agua para lavarse, ni montar un fuego para malcocinar un guiso deslavazado bajo las placas de uralita de su antiguo refugio. Ahora tienen una casa, un hogar. «Es la alegría más grande que hemos vivido en muchísimos años, un milagro», insiste Isabel con una sonrisa de alivio.