Imposible no hablar de Sara

  • Artículo publicado el 7 de agosto de 2017 en El Norte de Castilla

Intento escribir un texto sobre los temas de la ciudad. Que se acumulan. Hay muchos asuntos que se amontonan reclamando nuestra atención. Su lugar, su debate, su «visibilidad». Asuntos de medio ambiente. De participación. Asuntos sociales. De seguridad. Temas de cultura. Por supuesto, de Hacienda. Los de empleo son críticos. Y los hay, naturalmente, de urbanismo.

Pero hoy es imposible no hablar de Sara. Porque ya sabemos su nombre. Sara. La pequeña Sara, que murió el pasado jueves. La tristeza que nos embarga como ciudad es infinita. Y ocupa todo el espacio. Una niña de 4 años que se nos ha muerto a todos. Torturada. «La niña más triste que he visto nunca», nos dicen quienes la pudieron ver en sus últimos días.

Son conocidos algunos hechos y detalles. Y está claro que hemos fallado todos. No vale ningún corporativismo. Ni se trata ahora (tiempo habrá) de repartir culpas. No es eso. Una niña de 4 años, que la estaban torturando en casa, que en las últimas semanas ha pasado por varias instituciones, y que no hemos sido capaces no ya de que no sufra, sino siquiera de salvarle la vida. Un fracaso absoluto. Ha fallado todo. Hemos fallado todos. La sociedad civil. Pero también, y sobre todo, hemos fallado todas las instituciones. Algunos han actuado muy bien (el pediatra, por ejemplo). Pero en conjunto, hemos fallado estrepitosamente.

Es evidente que algo hay que hacer. Hay que revisar los protocolos y el buen funcionamiento de las alarmas. Mejorar la coordinación para responder con la urgencia necesaria al caso. Pero hay que estudiarlo con prudencia y serenidad. Hoy es todavía demasiado pronto para determinar qué corregir. Eso sí: desde la mayor tristeza hemos de ponernos en acción inmediatamente para evitar que hechos como este puedan volver a producirse.

Se cuenta de una ciudad muy curiosa, que describía ítalo Calvino. No conocemos muchos datos. Pero sí una extraña peculiaridad: «Una multitud de hilos están tendidos entre los ángulos de las casas». Unos y otros colores indican los distintos tipos de relación que suponen: de parentesco, de intercambio, de autoridad, de representación. Se observa así una maraña de hilos en la llanura, entre las casas. Y aquello -nos dice Calvino- es la ciudad, «y ellos -los habitantes- no son nada». He dado en pensar que en nuestra ciudad todos los hilos nos llevan hoy a un solo lugar, a un solo nombre. En estos momentos, todos los hilos de la ciudad llevan a Sara.

Imposible no hablar de Sara. Todos estamos atados hoy a la pequeña. No sé. Probablemente solo para decirle: lo sentimos profundamente. Te hemos fallado, Sara.