Más ‘orejas verdes’ (historias de la vida cotidiana)

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A Teresa le gusta ayudar a su madre a hacer postres, el bizcocho y las trufas son su especialidad. También le gusta mucho correr y desde el año pasado va a las clases de atletismo que imparten en su colegio. A Teresa le gustaría poder ir sola al cole, que hubiera más parques donde poder jugar y menos coches por la calle, que nadie fumase -o, al menos, que no tirasen las colillas al suelo-, que los edificios fuesen más altos, “porque así caben más casas y la gente viviría más cerca”, y que hubiese más tiendas de chuches.

 

El jueves pasado, su amigo Juan comió en casa porque a su madre le habían programado el parto de su hermanito y, como son de Colombia y no tienen familia en España, no tenían con quién dejarlo al cuidado. Estuvieron pintando toda la tarde en casa y lo pasaron muy bien, pero igual hubieran preferido estar a su aire jugando en la calle con todos sus amigos. Bueno, no podrían estar todos: Teresa y Juan han tenido que decir adiós en los últimos años a algunos amigos como Limbert o Romaisa, que regresaron a Perú y a Rumanía cuando la crisis dejó a sus familias sin trabajo y eso ponía en serios apuros su residencia en el país.

 

Mi sobrina Teresa tiene siete años y no tiene ni idea de quién es Francesco Tonucci pero es capaz de definir la idea de una ciudad compacta y habitable, hecha a la medida de las necesidades de esos ciudadanos y ciudadanas casi invisibles en el diseño de la vida urbana. Tampoco ha oído hablar de políticas migratorias ni de redes de solidaridad que surgen en los patios de los colegios pero no le hace falta porque ve cotidianamente las idas y venidas de niños y niñas de lugares que no sabe aún poner en un mapa y vive la ayuda mutua entre familias como algo completamente natural.

 

Francesco Tonucci es ese señor que, según el poema de Gianni Rodari, tiene una ‘oreja verde’ que le “sirve para oír aquello que los adultos nunca se paran a sentir”. Él tampoco conoce a mi sobrina pero seguro que ha pensado y conocido a muchas niñas como ella para dar forma a sus ideas. Las ciudades, dice, se han convertido hoy en el bosque de nuestros cuentos: entre la ‘dictadura’ del automóvil, el discurso de la seguridad y los espacios de juego perfectamente controlados, la infancia pasea por calles con extraños nombres, ‘cuidadoconloscoches’, ‘noteentretengas’, ‘nohablesconnadie’, viviendo relegada a una vida que solo gira en torno a la vida escolar.

 

Para que Teresa y sus amigos vayan solos al cole y puedan vivir ellos también la ciudad como una experiencia iniciática, bastaría con poner en marcha una idea revolucionaria: dejar de ver a niños y niñas como sujetos en situación de riesgo y contar con la infancia, como ciudadanos y ciudadanas con plenos derechos, a la hora de organizar las ciudades. Bastaría con que toda la comunidad, no solo la educativa, sino comerciantes y hosteleros del barrio, se implicasen en hacer caminos escolares seguros, o lo que es lo mismo, hace falta toda la tribu para educar.

 

Teresa podría correr, saltar, esconderse, hablar, relacionarse y compartir juegos e intimidades con sus amigos, aprendería a moverse con autonomía lejos de las miradas escrutadoras de los adultos y, seguramente, sus experiencias también le servirían para ir conociendo por sí misma los límites de lo que puede y no debe hacer. Teresa y sus amigos dejarían de sentirse cautivos entre el cole y la casa, entre la televisión y la tablet, y podrían empezar a disfrutar de una ciudad en compañía porque, como le dijo una niña al señor de la ‘oreja verde’, “para ser feliz hacen falta dos o tres”.